jueves, octubre 15, 2009

Viviendo en la paradoja


La Real Academia Española define a la paradoja como una idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas. Hace ya un tiempo conocí a un muchacho algo peculiar, extremadamente sensible y de una gran profundidad. Tropecé en la vida con él, creo que por casualidad, a través de un amigo en común. Al poco tiempo de conocernos me confesó sus más insalvables intimidades.

El muchacho me manifestó que vivía en el más profundo dolor y en la más desmedida e infundada esperanza. Me comentó que su vida sentimental era un desastre, que hacía ya muchos años que no podía hacer pie en ninguna relación aunque constantemente lo intentaba con una y otra persona pero sin éxito. Portando una mirada triste me dijo que en cada fracaso perdía estabilidad y que cada vez le costaba más recuperar su ánimo y decir “otra vez”, “vamos otra vez”. En seguida lo reconocí como un amante de las relaciones aceitadas, aquellas dónde la voluntad confluye de manera espontánea y dónde se generan vínculos profundos casi de golpe. Y así noté que el muchacho pretendía y buscaba arrebatar el amor en cualquier esquina mientras se sentía despidiéndose de la vida.

En un principio el joven me pareció demasiado influido por sus propias fantasías, pero con el pasar de los días me convencí de que realmente tenía una mirada desvariada de lo que le sucedía, a la vez que vislumbraba en él grandes carencias, sobre todo en lo afectivo.

Me confesó, también, que estaba acostumbrado al rechazo y a la indiferencia de las mujeres y que casi todas lo habían abandonado en el momento ni bien él comenzaba a ilusionarse. A pesar de estos inconvenientes me explicó que él no se siente una víctima que “todo lo padece” sino que, al contrario, se tiene una gran estima por sí mismo y sospecha que tal vez su mayor enemigo sea su amada, extraordinaria y repelente personalidad. El muchacho parecía vivir al extremo aquellas bellas palabras de San Agustín que expresaban eso de buscar para encontrar y de encontrar para seguir buscando.

Me señaló que cualquier situación cotidiana referida a sus relaciones sentimentales era capaz de ubicarlo rápidamente sobre una pesada y asfixiante piedra con tan solo ver alguna imagen o percibir algún aroma. Sin embargo me revelo que cada vez que era aplastado por esa gigantesca piedra sabía salir airoso, muy de a poco por supuesto, pensando en los buenos momentos que viviría una vez lejos de aquella piedra. Creo que mi flamante amigo posee uno de los sentimientos más nobles del ser humano: la esperanza, a la vez que conserva la dulzura dentro de su alma y también algunas amarguras sueltas.

Por Nicolás Martínez Sáez
El autor es el dueño del blog

lunes, septiembre 28, 2009

El jardinero de las buenas costumbres


Venía caminando por la calle tarareando un tango, creo que era Cambalache. Entré a un local a hacer unos trámites de mi obra social, dónde unas prolijas y coquetas señoritas atendieron a mi desgano habitual que suelo tener en esos momentos donde me siento un hombre práctico. De repente interrumpió en el lugar un delgado hombre diciendo lo siguiente:

“Perdón señorita, pasé y vi que el cantero de su vereda estaba un poco desprolijo, si quiere por diez pesitos se lo emprolijo y le corto el pasto”

La mujer le contestó con desdén: “No gracias. Tenemos un servicio que pasa todos viernes”.

El gesto del hombre me pareció sorprendente y sobre todo su actitud humilde de querer trabajar. Salí de prisa casi sin saludar detrás de él cuando se estaba yendo en su bicicleta. Lo detuve y caminamos un par de cuadras charlando sobre varios temas. De un momento a otro me desafió con una pregunta:

“¿Sabes cómo hacer para destruir la educación de un país?”. Quedé absorto sin decir una palabra. Él se contestó a sí mismo: “Destruyamos y acabemos con las buenas costumbres: el “perdón”, el “gracias”, el “permiso””. Otra vez me dejó inmóvil.

Javier es jardinero desde hace varios años, pero por sobre todo, es un buscador incansable de trabajo, y por esto, como él mismo dice, se dedica a ver el laburo que está “tirado” y “por hacer” en la calle. Me explicó que ve trabajo por todos lados y que se ofrece con mucha humildad para arreglar parques, emprolijar canteros, pintar tachos de basura etc. Me expresó que está convencido de que el ocio es la madre de todos los vicios. Esa misma mañana me dijo alegremente que había hecho $120 y que ya tenía algunos clientes fijos.

El tango nos enseñó que vivíamos en una época dónde a nadie le importa si naciste honrado, y que es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros. Tal vez el motivo de que este tango haya adquirido tanta vigencia sea que desgraciadamente existen pocas personas como Javier.

Por Nicolás Martínez Sáez
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domingo, agosto 16, 2009

Día uno


Alguna vez, a la mayoría de nosotros, se nos cruzó por la cabeza la idea de estudiar una carrera terciaria o universitaria. Hace ya aproximadamente unos 30 años que muchos de nuestros padres no paran de repetir algunos eslóganes como: “inglés e informática son el futuro”, “el que no va a la universidad no conseguirá un trabajo en el futuro”, “el que no tiene un título no es nadie”, “Yo no pude estudiar, pero mis hijos lo harán” etc. No voy a hacer una crítica detenida de estos eslóganes pero entiendo que algunos de ellos pueden, y de hecho han resultado, ser contraproducentes para almas jóvenes sensibilizadas por algunas opiniones torpes y reduccionistas de los adultos. Ejemplos sobran.

Muchos padres obsesionados por un futuro que no es el de ellos terminan obstruyendo la pasión y vocación de sus hijos. Un trabajo sin pasión es un trabajo pasajero, un mero medio para conseguir otro fin, una lenta agonía mientras pasan los días. Por lo tanto, siguiendo las consecuencias de algunos de los anteriores eslóganes tal vez el futuro se presente signado por un excelente pasar económico, pero al mismo tiempo, por una pesadilla tortuosa vivida día a día sin poder disfrutar tan sólo un instante.

Desde mi punto de vista creo que se debe prestar más atención al presente y por eso voy a proponer dos ejercicios que me resultan interesantes para todas aquellas personas que estén evaluando elegir una carrera universitaria o terciaria.

El primer ejercicio es un ejercicio de movimiento imaginario temporal y tendrá que ver con nuestra capacidad de trasladarnos en el tiempo, aunque sea sólo mentalmente, hasta el primer día de ejercicio profesional, el día número uno del trabajo específico dónde nos desempeñaremos una vez terminado los estudios. ¡Sí! antes de empezar a estudiar. Habrá que recopilar información de la profesión tal cual como se ejerce actualmente y luego hacer un esfuerzo de imaginación para instalarnos en esa realidad. ¿No será sino luego de tantos años de estudio cuando recién uno experimenta y siente si lo que estudio y de lo que trabaja realmente es lo que uno ama, a lo que uno quiere volcar toda la pasión y dedicar gran parte de los años de su vida? ¿No sería mejor comenzar a darse cuenta de esto antes de llegar al final de una carrera y al principio de nuestro trabajo profesional?

El segundo ejercicio tiene que ver con la experiencia e intenta complementar el ejercicio anterior para que no quede en una mera especulación abstracta. El ejercicio consiste en incorporar la experiencia hoy, mañana o, a más tardar, el mes próximo. Aquí enumeraré algunos ejemplos: un aspirante a la carrera de psicología bien podría inscribirse como voluntario en un grupo de samaritanos dedicados a escuchar y ayudar a personas en crisis emocionales; un aspirante a la carrera de arquitectura podría empezar a diseñar los planos para construir una casa de madera en el árbol del fondo de su casa para que puedan disfrutar sus pequeños primos; un aspirante a medicina haría bien en saber si tiene vocación ocupando sus tardes pre-universitarias cuidando a alguna persona mayor con problemas motrices o mentales o visitando a internados en los hospitales públicos en situación de abandono; un aspirante a contador público bien podría hacer un seguimiento en una planilla de cálculo o en un cuaderno de los gastos de toda su familia durante todo un año; un aspirante a abogado podría aprender a jugar al ajedrez sabiendo que su oponente manejará distintas piezas (pruebas) de iguales movimientos (leyes) y que vencerá quien mueva más estratégicamente; un aspirante a una carrera informática podría comenzar desarrollando un sistema de gestión para su negocio familiar; una aspirante a maestra jardinera podría hacer un show de títeres para chicos en una plaza pública… y así sucesivamente. Me animaría a arriesgar que cualquier carrera que uno pretenda comenzar tiene un AQUÍ Y AHORA, una actividad que está relacionada al alcance de la mano de cualquier persona con voluntad de hacer y que puede servir como una especie de puntapié inicial para despertar una gran vocación o bien, por el contrario, como un ejercicio realmente provechoso para darse cuenta en poco tiempo que se ha elegido un camino equivocado o poco gratificante. No necesitamos tener título y haber perdido cinco o más años de nuestras vidas para recién ahí darnos cuenta de que lo que estudiamos tanto tiempo con esfuerzos físicos, mentales y monetarios no es lo que nos llena de felicidad. Podemos saberlo hoy mismo, sólo hay que intentarlo, animarse y buscar la oportunidad.

La idea es hacer en el presente, aunque sea en forma fragmentaria e incompleta, eso que queremos hacer en el futuro. ¿Cuáles son las trabas? El título no evita que nosotros podamos realizar alguna tarea ya sea como voluntario o por cuenta propia. No va a ser exactamente lo mismo que se haga una vez que se obtiene el título, pero va a ser una pista muy útil en tiempos de decisión sobre si lo que se hará en el futuro resultará atractivo y reconfortante.

Todos los anteriores ejercicios propuestos deberían evitar ese gran desfasaje producido entre nuestros deseos y nuestro presente, entre nuestros sueños y nuestra realidad. Aliento a todos aquellos que están en momentos decisivos a que hoy mismo intenten llevar a cabo estos dos ejercicios, y de esta manera achicar esa distancia entre nuestra realidad y ese futuro tan deseado. ¡Luego me cuentan!

Por Nicolás Martínez Sáez
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martes, julio 28, 2009

Soledad


Entre mi mirada y tus risas, ahí está tu abismo.
A todo logras tragar y devorar con tu salvaje corriente.
Dentro de ti escucho los retumbantes golpes metálicos de espadas afiladas.
Afianzada en tu caos reclamas orgullosa la copa de este duelo furtivo.

Eres anhelada por hombres que viven pesadillas compartidas.
Eres oportuna y fiel en cada momento dónde reina la paz.
Durmiendo bajo noches estrelladas he logrado olvidarte, a veces, sólo a veces.
Tu abundancia desgarra mi insaciable sed. Tu sombra es mi fiel carcelera.

En cada comienzo me acompañas con tu irónica melancolía
En cada demora me empapas con tu placer amargo.
En cada final me enfrentas con tu mirada oscura y tu risa festiva.
Lleno de ti, deseo perderte en los naufragios de mis sueños.
Entre mis risas y tu mirada, ahí está mi abismo.


Por Nicolás Martínez Sáez
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domingo, junio 07, 2009

Interpretación del texto de Nietzsche: De las trasformaciones


Federico Nietzsche. Filósofo alemán (1844-1900)

En el libro Así hablaba Zaratustra, Federico Nietzsche escribió un discurso llamado De las transformaciones. En éste sostiene tres transformaciones del espíritu: la del espíritu en camello, la del camello en león y la del león en niño.

El camello representa al hombre ansioso de transportar una pesada carga, llena de culpas, resentimientos, represiones, dolores y fracasos. Este mismo está acosado por el “TÚ DEBES”, rendido y sumiso a los mandatos provenientes desde la familia, la sociedad o la religión que silencian su voz interior, amando a los que lo desprecian y dándole la mano al mismo fantasma que quiere asustar. El camello, así cargado, se interna en el desierto de su vida y aquí se produce la segunda transformación: la del camello en león.

El león ansioso de conquistar su libertad y mandar en su propio desierto se dirige a combatir y a destruir al “TÚ DEBES” que Nietzsche lo representa en la figura del dragón. La lucha del león contra el dragón, es la lucha del “YO QUIERO” contra el “TÚ DEBES”. El objetivo del león es conquistar la libertad para una nueva obra, una nueva vida, más plena y más auténtica, aprendiendo a decir ¡No!. Sin embargo el león mira con nostalgia la vida del camello: una vida tranquila, acompañada del calor de su rebaño y llena de comodidades, pero al rato toma conciencia y desprecia todo esto prefiriendo su soledad, su fuerza y su libertad en medio del desierto.

Una vez conquistada esta libertad ocurre la tercera y última trasformación: la del león en niño. Nietzsche lo describe claramente: “el niño es inocencia y olvido, un nuevo inicio, un juego, una rueda que comienza a girar en forma espontánea, un movimiento inicial, un santo decir ¡Sí!”. El niño está más allá de la lucha del león y del dragón, el niño ni es sumiso ni desprecia a los sumisos, ni es débil como el camello, ni fuerte como el león, sino que el niño encuentra su fortaleza en su inocencia, en su vulnerabilidad y en su ser mismo, auténtico y sencillo.

Al decir ¡Sí! por propia voluntad, el hombre antes perdido conquista su propio mundo, lo llena de sentido y de ganas de vivir.

Link del discurso original de Zaratustra: http://www.nietzscheana.com.ar/de_las_tres_transformaciones.htm

Por Nicolás Martínez Sáez
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jueves, mayo 07, 2009

Una clase rara…de filosofía, como siempre


Anochecía en Mar del Plata, llegué temprano, como casi siempre, y me acomodé en uno de los primeros asientos. Mi compañero José llegó luego y se ubicó en un pupitre a poca distancia delante de mí. Un perro vagabundo entró también por sorpresa en el aula y se recostó cerca de él. El profesor miraba para todos lados sin emitir ni una palabra. El curso permanecía en silencio viendo en el pizarrón un esquema ligado al nombre del filósofo inglés David Hume. Los tubos fluorescentes emitían un chillido incómodo en esa aula fría y silenciosa. José es un hombre calvo, de 77 años, de piel bien morena, con un aspecto que me recuerda a Mahatma Gandhi, viste un abrigo de lana negro, pantalón de tela marrón algo gastado y zapatillas clásicas color negro sin marca.

El profesor, siempre tan poco simpático, inició su clase. Durante su escueta exposición del pensamiento de Hume, el perro dormía diseminando ese famoso “olor a perro”. Al finalizar el profesor hizo el siguiente comentario: “La verdad que Hume es un filósofo que me encanta…me gusta primero porque no fue profesor universitario, segundo porque es un antifilósofo”. Suspiró y aún con más fuerza agregó: “Me gusta porque le encantaban las mujeres, la bebida, los juegos de cartas y el billar”. Y siguiendo con su regocijo remató: “Y además era ateo”. José intervino y en tono muy bajo expresó unas palabras que el profesor logró escuchar: “Mire profesor, estos tipos eran todos ateos, hedonistas, lo único que les interesaba a tipos como estos era la joda”. El profesor sólo respondió que Hume era un gran pensador, no supo que más agregar y eligió cambiar de tema. Ahora era el turno de Kant. Entonces el perro como si fuera un ferviente antikantiano, se despertó de golpe, se acercó a José, lo olió y comenzó a torearlo mostrando sus dientes. Me pareció que lo iba a atacar y enseguida tomé envión con mi pierna derecha para asestarle un golpe en la cabeza si llegaba a morderlo. Por suerte, el perro se alejó. Todos miraban, ni el profesor ni nadie atinó a llamar al perro para que se vaya. José se dio vuelta y me comentó murmurando: “Es que en mi casa tengo perros y tengo olor”.

Salí del aula caminando con José y me comentó que de chico no pudo estudiar y ahora que tenía la oportunidad lo hacia con gran placer. No le interesa recibirse y sabe y me dijo muy claramente que la muerte lo puede encontrar antes. Me saludó, fue a buscar su bicicleta en medio de la oscuridad de la Facultad y emprendió su largo camino a casa.

Por Nicolás Martínez Sáez
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martes, abril 07, 2009

Apuntes de una persona estructurada


Seguro que fui una persona muy estructurada. Si lo soy o lo seré es algo que ya no puedo afirmar con total certeza. Hoy a la tarde en una ocasión donde estaba dando clases en un pueblo alejado de mi ciudad natal se me presentaron una serie de pensamientos en el momento que tuve que dar en mi clase de Introducción a la programación la definición de algoritmo: secuencia ordenada y finita de pasos, exenta de ambigüedades que lleva a la solución de un problema dado. Y, por un momento sentí que tal vez de alguna manera los ponía en una encrucijada a los alumnos.

Ya en mi adolescencia esta definición había prendido fuerte en mi forma de ser. De hecho he llevado hasta límites casi ridículos este pequeño enunciado durante muchos años de mi vida, pensado quizás que todo problema o situación determinada era plausible de ser solucionada siguiendo una serie de pasos consecutivos. Al hablar de límites casi ridículos, me remito a los hechos: así en varias oportunidades llamaba a mi novia los domingos por las noches para programar día a día cómo, dónde y el horario en que nos veríamos durante la semana siguiente, generando un malestar continuo en ella (con el tiempo aprendí que yo también sufría de ese malestar).

Tal vez algunos problemas puedan resolverse siguiendo una serie de pasos o un conjunto de instrucciones bien definidas pero son tal vez los menos en cantidad e importancia. Imagínense una serie de instrucciones para enamorar a una mujer ¡ridículo! Aún haciendo todo “lo correcto”, según nuestros amigos opinólogos en asuntos del corazón, a uno lo pueden dejar soñando solo, volviendo por alguna calle oscura secándose las lágrimas con un trozo de papel.

Entonces sólo viviendo, a fuerza de ensayos, pruebas y errores, como bien le gustaría decir a Karl Popper, tenemos la mejor vida que podemos, las pruebas posibles de que las situaciones y los problemas no se solucionan siguiendo la famosa definición de un algoritmo sino que en la mayor parte de los casos seguir una corazonada, un presentimiento o un impulso algo arriesgado puede resultar altamente provechoso. Pero hay más, en ocasiones una mirada tierna, un apretón de manos o un abrazo de enorme cariño puede provocar un gran cambio o respuesta a una situación problemática.

Hasta lo que sabemos la vida es una sola y hay que vivirla intensamente, en lo posible siendo consecuentes con lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Espero que mis alumnos puedan dejar de lado esta definición o al menos reducir el alcance de su uso a lo propio de la materia. Seguramente, como leí hace poco en un texto de Antonio Machado, los profesores somos almas en borrador, llenas de errores, tachaduras, vacilaciones y arrepentimientos. Espero que ellos me sepan disculpar.

Por Nicolás Martínez Sáez
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