
La Real Academia Española define a la paradoja como una idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas. Hace ya un tiempo conocí a un muchacho algo peculiar, extremadamente sensible y de una gran profundidad. Tropecé en la vida con él, creo que por casualidad, a través de un amigo en común. Al poco tiempo de conocernos me confesó sus más insalvables intimidades.
El muchacho me manifestó que vivía en el más profundo dolor y en la más desmedida e infundada esperanza. Me comentó que su vida sentimental era un desastre, que hacía ya muchos años que no podía hacer pie en ninguna relación aunque constantemente lo intentaba con una y otra persona pero sin éxito. Portando una mirada triste me dijo que en cada fracaso perdía estabilidad y que cada vez le costaba más recuperar su ánimo y decir “otra vez”, “vamos otra vez”. En seguida lo reconocí como un amante de las relaciones aceitadas, aquellas dónde la voluntad confluye de manera espontánea y dónde se generan vínculos profundos casi de golpe. Y así noté que el muchacho pretendía y buscaba arrebatar el amor en cualquier esquina mientras se sentía despidiéndose de la vida.
En un principio el joven me pareció demasiado influido por sus propias fantasías, pero con el pasar de los días me convencí de que realmente tenía una mirada desvariada de lo que le sucedía, a la vez que vislumbraba en él grandes carencias, sobre todo en lo afectivo.
Me confesó, también, que estaba acostumbrado al rechazo y a la indiferencia de las mujeres y que casi todas lo habían abandonado en el momento ni bien él comenzaba a ilusionarse. A pesar de estos inconvenientes me explicó que él no se siente una víctima que “todo lo padece” sino que, al contrario, se tiene una gran estima por sí mismo y sospecha que tal vez su mayor enemigo sea su amada, extraordinaria y repelente personalidad. El muchacho parecía vivir al extremo aquellas bellas palabras de San Agustín que expresaban eso de buscar para encontrar y de encontrar para seguir buscando.
Me señaló que cualquier situación cotidiana referida a sus relaciones sentimentales era capaz de ubicarlo rápidamente sobre una pesada y asfixiante piedra con tan solo ver alguna imagen o percibir algún aroma. Sin embargo me revelo que cada vez que era aplastado por esa gigantesca piedra sabía salir airoso, muy de a poco por supuesto, pensando en los buenos momentos que viviría una vez lejos de aquella piedra. Creo que mi flamante amigo posee uno de los sentimientos más nobles del ser humano: la esperanza, a la vez que conserva la dulzura dentro de su alma y también algunas amarguras sueltas.
Por Nicolás Martínez Sáez
El autor es el dueño del blog




