
El lugar tiene algo que me atrapa. Cada vez que paso por ahí me invento una excusa para entrar y así vivir esa extraña sensación de viajar en el tiempo algo no menos de 50 años atrás. Es un lugar lúgubre y melancólico, en cuya entrada se encuentra un cartel algo precario que dice FOTOCOPIAS – LIBRERÍA – ENCUADERNACIÓN. Lo atiende un matrimonio de ancianos muy amables, a decir verdad extremadamente amables en comparación a lo que nos tiene acostumbrado la furia egoísta de la ciudad y, por supuesto, dejando a un lado la amabilidad ad hoc de los empleados de la famosa firma de comidas rápidas.
Esta vez mi excusa fue algo extraña: buscaba (no sabía si existía pero me parecía haberlo visto alguna vez) un saca-broches de esos que se usan para desabrochar fotocopias mal organizadas y de esta forma aliviar un poco a las uñas y dedos ensangrentados por la cantidad de intentos de hacer esto sin un elemento idóneo. Al escuchar mi pedido, el hombre que atendía se levantó inmediatamente de su silla mecedora diciendo que tenía un ejemplar de lo que yo buscaba y revolvió varios cajones hasta encontrar en uno de ellos un saca-broches. Estaba dentro de una pequeña cajita anaranjada y amarillenta por el pasar de los años y en ella había una etiqueta pegada que curiosamente tenía escrito en lapicera “50000 australes”. El hombre, sin dudarlo, y en un golpe teórico digno de cualquier Domingo Cavallo transformó los 50000 australes en pesos y así, en menos de un segundo, del plan Austral pasó a la Convertibilidad y de ésta al Corralito seguido de una Devaluación mental y posterior Pesificación. Su resultado: 5 pesos. Se me escapó una sonrisa cómplice ante semejante maniobra histórico-económica.
Probé el desabrochador con un ganchito de una fotocopia y funcionó, y mientras acomodaba mis cosas el anciano me tendió su mano y me dijo: “el ganchito que sacaste… dámelo que te lo tiro en un tacho”… y el gesto tuvo algo de mágico, no se qué, pero son esos pequeños gestos en los que las personas se muestran enteramente tal cual cómo son, se desnudan ante nosotros, sin disfraces, sin máscaras y sin intentar aparentar algo que no son para alcanzar algo que en realidad no quieren. El hombre me comentó que se dedicaba a encuadernar y a restaurar libros, un oficio que aún los planes económicos más sofisticados, complejos y hasta fantásticos no han podido sepultar en el cajón de los recuerdos, ¡por suerte!
Por Nicolás Martínez Sáez
El autor es el dueño del blog
Esta vez mi excusa fue algo extraña: buscaba (no sabía si existía pero me parecía haberlo visto alguna vez) un saca-broches de esos que se usan para desabrochar fotocopias mal organizadas y de esta forma aliviar un poco a las uñas y dedos ensangrentados por la cantidad de intentos de hacer esto sin un elemento idóneo. Al escuchar mi pedido, el hombre que atendía se levantó inmediatamente de su silla mecedora diciendo que tenía un ejemplar de lo que yo buscaba y revolvió varios cajones hasta encontrar en uno de ellos un saca-broches. Estaba dentro de una pequeña cajita anaranjada y amarillenta por el pasar de los años y en ella había una etiqueta pegada que curiosamente tenía escrito en lapicera “50000 australes”. El hombre, sin dudarlo, y en un golpe teórico digno de cualquier Domingo Cavallo transformó los 50000 australes en pesos y así, en menos de un segundo, del plan Austral pasó a la Convertibilidad y de ésta al Corralito seguido de una Devaluación mental y posterior Pesificación. Su resultado: 5 pesos. Se me escapó una sonrisa cómplice ante semejante maniobra histórico-económica.
Probé el desabrochador con un ganchito de una fotocopia y funcionó, y mientras acomodaba mis cosas el anciano me tendió su mano y me dijo: “el ganchito que sacaste… dámelo que te lo tiro en un tacho”… y el gesto tuvo algo de mágico, no se qué, pero son esos pequeños gestos en los que las personas se muestran enteramente tal cual cómo son, se desnudan ante nosotros, sin disfraces, sin máscaras y sin intentar aparentar algo que no son para alcanzar algo que en realidad no quieren. El hombre me comentó que se dedicaba a encuadernar y a restaurar libros, un oficio que aún los planes económicos más sofisticados, complejos y hasta fantásticos no han podido sepultar en el cajón de los recuerdos, ¡por suerte!
Por Nicolás Martínez Sáez
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