
Desde que tengo uso de razón, siempre me ha llamado poderosamente la atención la gente que vive en la calle, aquella que se acurruca en rincones de locales abandonados o simplemente en los bancos de las plazas públicas, soportando estoicamente todo tipo de adversidades climáticas, afectivas, sociales, económicas etc.
Aquella mañana de viernes debía esperar por una reunión y decidí sentarme en una plaza para hacer un poco de tiempo. El único banco libre se ubicaba justo frente a otro ocupado por un hombre que descansaba apaciblemente. Me ubiqué frente a él, y como si algo de mí lo hubiera perturbado, el hombre se despertó exaltado y se levantó de golpe. Tenía aproximadamente unos 70 años, era delgado, de cabellos y barba blanca y larga. Yo lo observaba mientras él parecía seguir su rutina habitual de todos los días: tomó un cepillo y comenzó a lavarse los dientes, sacó de unas cajas que lo rodeaban una botella de agua con la que luego se enjuagó la boca terminando por escupirla al estilo manguera de bombero, y por último, tomó una prestobarba y se comenzó a rasurar la barba entre gritos de dolor y cada tanto algún golpecito que le daba al banco de madera con la prestobarba.
Finalizada su rutina, se puso una gorra negra y comenzó a insultar y a refunfuñar mirando a la gente que lo rodeaba. Algunos transeúntes se sorprendieron hasta considerarlo inofensivo y luego ignorarlo por completo. Su enfado se reflejó en fuertes y agresivas diatribas contra los políticos, los montoneros, los militares: Duhalde, el intendente Pulti, el Gral. Menéndez etc. La ensalada que hizo de políticos, guerrilleros y militares, que al parecer detestaba por igual, fue realmente numerosa. El rostro del hombre se presentaba completamente brotado de fastidio y malestar siempre dirigiendo una mirada amenazadora para todo aquél que pasara por allí y en ocasiones hacia el cielo.
Poco a poco, el septuagenario, que había percibido que yo lo observaba con mucha atención, se fue acercando hacia mí sin dejar de lado los insultos y la ofuscación. Comenzó a hablarme de la invasión de la CIA, de los gurkhas y de decenas de conspiraciones más. Nunca me gustaron ni creí en las grandes historias de conspiraciones, pero igual lo escuché atentamente. Ya llevaba casi media hora ahí y debía irme. Le dije: “Gracias por las palabras y que tenga un buen día, hasta luego.” Y automáticamente el hombre cambio su fisonomía….una felicidad irradió su cara, una exagerada pero genuina sonrisa brotó en su rostro debajo de aquellas barbas algo sangrientas por su reciente afeitada, y un guiño de ojo, de esos que suelen hacer nuestros abuelos, me genero una ternura inexplicable. La ofuscación cesó y dejó lugar a la complicidad y a la amistad. ¿Acaso la gente que vive en la calle no necesita más una oreja que cualquier otra cosa? No supe bien que decir ni que hacer en ese momento, sólo se me ocurrió que tal vez el próximo viernes podría volver al mismo banco.
Por Nicolás Martínez Sáez
El autor es el dueño del blog
1 comentarios:
Que simpático...a mi suelen darme miedo estas gentes, aunque tambien me dan pena y me encantaría tener un gesto amable con ellos, pero tuve una mala experiencia una vez y lamentablemente esta gente, uno nunca sabe como van a reaccionar...
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