
Aunque la película Seven o Siete pecados capitales (1995) ya tiene varios años, yo la he visto recientemente. Me ha parecido una excelente película que pone sobre el tapete el eterno dilema filosófico entre la razón y la pasión. La pregunta que me ha surgido es ¿cuál es el verdadero mensaje que quiere dar el director estadounidense con esta película? Cualquiera que carezca del mínimo juicio crítico se quedará con la imagen final: el detective Mills (protagonizado por Brad Pitt) apasionado, sentimental y heroico dispara al psicópata asesino luego de enterarse de que éste había decapitado a su mujer. Por tanto, Mills sería apresado pero habría terminado con el detestable asesino. En ese momento, el espectador, sentimental y encarnado mentalmente en Brad Pitt, se sentiría reconfortado, se levantaría de su butaca y se volvería a su asfixiante y rutinaria vida. De esta manera el mensaje de la película podría ser el de la primacía de lo sentimental, de lo pasional, del goce momentáneo del espectador sobre la razón fría, lenta y calculadora.
Pero este análisis sería muy lineal y superficial y nadie, inclusive aquellos que se sientan identificados con Brad Pitt, podrían evitar pensar que John Doe, el psicópata letrado, habría logrado de este modo llevar a cabo su plan racional, metódico y perverso. Por consiguiente, otro sería el mensaje: la razón vence a la pasión, la razón vence ante la torpeza de los sentimientos. Por este motivo, a tal razón se la ha denominado razón instrumental y ha sido muy criticada desde la filosofía por caracterizarse por sus consecuencias en el orden de lo político llevando al mundo a padecer durante el siglo XX los peores totalitarismos: el comunismo y el nazismo.
No obstante, en la película, hay que advertir otra razón, la del detective Somerset (protagonizado por Morgan Freeman), y lo curioso es que tanto la razón de éste como la del psicópata tienen un punto en común, un diagnóstico similar perceptible para el observador atento: tanto Somerset como Doe están decepcionados por la sociedad en que viven, y mientras Somerset le dice a Mills que no quiere vivir en una sociedad que abraza y fomenta la apatía como si fuera virtud y lo persuade para que acepte que la gente no quiere héroes sino sólo comer hamburguesas, el psicópata, sobre el final de la película y en diálogo con los detectives justifica su accionar diciendo: “Vemos un pecado capital en cada esquina, en cada casa y lo toleramos. Porque es común. Es trivial. Lo toleramos mañana, tarde y noche. Bueno, ya no.” Ambos percibían la apatía de la sociedad en que vivían, la indiferencia, la primacía del “sálvense quien pueda”, pero sus diferencias estaban en las respuestas que daban a sus respectivas percepciones. Mientras Somerset no ofrecía sino pequeñas respuestas ante las situaciones cotidianas, Doe intentaba, por medio de sus crímenes, conmocionar al mundo y lograr así que la gente tome consciencia de sus pecados. Esto último tiene un eco familiar en el discurso político populista al que nos tienen acostumbran los fanáticos e intolerantes que en nombre de una moral superior ejercen el poder de manera despótica y arbitraria.
Entonces, ¿cuál es el verdadero mensaje de la película? Tal vez, y arriesgando lo que el director haya tenido en su mente, no es que haya un dilema entre la razón y la pasión sino que el verdadero dilema, la verdadera lucha, sería entre la razón y la razón: la una abierta, dialógica y tolerante, la otra cerrada, fanática e intolerante. Y en este dilema tal vez la pasión sólo participa como un obstáculo para el triunfo de la primera.
Por Nicolás Martínez Sáez
El autor es el dueño del blog